Rodolfo Valentino

El 23 de agosto se ha cumplido el centenario de la muerte de Rodolfo Valentino, una de las primeras estrellas de la historia de Hollywood. Valentino se convirtió en una estrella tras popularizar el estereotipo de latin lover en la gran pantalla durante la época del cine mudo. Nacido en mayo de 1895 en Castellaneta, Italia, Valentino fue fruto de un matrimonio compuesto por un capitán de caballería y veterinario italiano y una antigua dama de compañía de origen francés. Desde muy pequeño, Valentino destacó por su gran belleza, pero su vida sufrió una conmoción después de que su estricto padre falleciera de malaria cuando él contaba solo con 10 años de edad. Quedó desde entonces al cuidado de su despreocupada madre, quien tendía a malcriarlo proporcionándole todos los caprichos que solicitaba. Esta serie de circunstancias moldeó la vida de Valentino en la de un niño consentido y rebelde, que a menudo desafiaba las normas impuestas por su acomodada y tradicional familia. En 1912, Valentino decidió emprender su propia aventura trasladándose a París con algo de ayuda económica. Una vez instalado en la capital francesa, Valentino empleó su tiempo en aprender a bailar el tango, perfeccionar el dominio de varios idiomas, y relacionarse con personas de la alta sociedad. Sin embargo, su estilo de vida bohemio hizo que durante estos meses dilapidase todos sus ahorros, por lo que su familia tuvo que salir a su rescate enviándole el dinero suficiente para que pudiera comprarse un pasaje de vuelta a su Italia natal. Posteriormente, su familia organizó una reunión para decidir el futuro del joven, y sugirieron que lo más sensato era enviarle a Estados Unidos. Valentino viajó a bordo del SS Cleveland desde Génova hasta Nueva York, donde dio muestras de su fama de vanidoso y conquistador, seduciendo a las esposas de los pasajeros más adinerados gracias a sus notables habilidades como bailarín. Una vez en Nueva York, Valentino continuó llevando un costoso tren de vida, lo que le hizo gastar todo el dinero que le había proporcionado su familia en hoteles caros y trajes a medida. Cuando agotó la mayoría de su capital, no tuvo más remedio que aceptar trabajos poco cualificados como jardinero, lavador de coches, barrendero o recolector de escombros, pero su indolencia y falta de interés hicieron que fuera rápidamente despedido en la mayoría de estos empleos. Su funeral, al que asistieron 100.000 personas, es un testimonio de la gran popularidad que alcanzó durante su vida.