Canal del Tajo: el ambicioso proyecto de Felipe II que nunca vio el agua

En 1581 el rey Felipe II aprobó una cédula que encargaba al ingeniero militar italiano Juan Bautista Antonelli estudiar la navegabilidad del río Tajo desde Abrantes hasta Alcántara, con el objetivo de crear una vía fluvial que uniera Lisboa, Aranjuez y Madrid. La iniciativa, impulsada por la necesidad de evitar los caminos enlodados y el peligro de los bandidos de Sierra Morena, pretendía salvar 650 metros de desnivel en unos 600 kilómetros de ruta. Antonelli obtuvo la autorización real en abril de 1581 y, tras presentar su proyecto en las Cortes de Tomar, recibió el apoyo del monarca. Tres meses después Felipe II destinó fondos y ordenó al alcalde de Alcántara y a las autoridades castellanas que facilitaran la obra. En 1583 el ingeniero declaró concluida la adaptación del Tajo entre Alcántara y Abrantes; al año siguiente el rey viajó a Aranjuez para inspeccionar el avance del canal, que prometía transformar el comercio entre la costa atlántica y la corte. El plan surgió en un contexto de prosperidad derivada de los tesoros americanos, que llegaban al sur de España y debían trasladarse a la capital. Las rutas terrestres resultaban costosas y vulnerables, y el éxito del transporte fluvial en Flandes inspiró a Felipe II a replicar el modelo en la península. Sin embargo, la empresa chocó con tres obstáculos insuperables: la muerte de Antonelli en marzo de 1588, la falta de fondos provocada por la costosa Armada Invencible y la presión de Inglaterra. A estos problemas se sumó el divorcio de Portugal en 1668, que anuló la lógica de un canal que cruzara la frontera lusitana. Aunque el canal nunca se materializó, la visión de Felipe II dejó una huella en la historia de la ingeniería española. Décadas después, otros técnicos y monarcas de la casa de Borbón retomaron la idea de mejorar las comunicaciones fluviales, construyendo proyectos como el Real Canal del Manzanares y la presa de Gasco. La memoria de aquel sueño del siglo XVI persiste como un episodio curioso de la crónica de los Austrias, recordando que la ambición de conectar Madrid con el Atlántico quedó relegada al terreno de la imaginación.