Europa abandona el modelo migratorio de Sánchez y adopta la línea disuasoria de Meloni

Por Redacción ChatAmigos·
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Foto de recurso: Plato Terentev / Pexels

La Unión Europea ha dejado atrás la política migratoria impulsada por Pedro Sánchez y ha adoptado un enfoque más restrictivo inspirado en ideas disuasorias. La decisión se produce tras una carta firmada por 22 entidades que exigían mayor control fronterizo y menos medidas que pudieran generar efecto llamada, quedando el gobierno español como único representante español en Bruselas. El giro se enmarca en una evolución que comenzó en 2015, cuando la foto de Nilüfer Demir en la playa de Bodrum mostraba el cadáver del niño sirio Aylan Kurdi. Esa imagen generó una reacción emocional que llevó a la mayoría de los gobiernos europeos, salvo Hungría y Polonia, a multiplicar los compromisos de acogida y a abrir sus fronteras a sirios, afganos e iraquíes. En los meses siguientes surgieron factores que cambiaron la percepción pública: multitudes en la ruta de los Balcanes provocaron angustia, y los atentados de París (2015) y Bruselas (2016) vinculados a infiltraciones migratorias alimentaron la asociación entre migración e inseguridad. En Alemania, la Nochevieja de Colonia, marcada por agresiones sexuales atribuidas mayoritariamente a hombres extranjeros, fue señalada por el ministro del Interior como el punto de inflexión del debate sobre los refugiados. Ese episodio precedió al auge del partido ultraderechista AfD en varios Länder en 2016. Años después, ataques en Mannheim y Solingen en 2024 empujaron a Alemania a endurecer su política y a reactivar deportaciones. A este clima se sumó la guerra híbrida: desde 2021 Bielorrusia desvió a familias del Oriente Próximo hacia Polonia y Lituania, mientras Marruecos abrió su frontera de Ceuta de forma similar a la actual. En medio de este contexto, la UE mantuvo una única excepción notable: la acogida masiva de ucranianos, justificada por la proximidad del conflicto con Rusia. Hoy, Europa pretende un modelo basado en la disuasión, con planes de deportar a personas sin papeles a terceros países como Albania, pese a las dificultades legales que ello implica. España, por su parte, ha puesto en marcha una regularización que ha atraído a más de un millón de solicitantes, pero sigue aislada frente a la nueva política consensuada en Bruselas. La transición hacia una estrategia más restrictiva afecta directamente a los solicitantes de asilo y a las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla, que buscan recuperar una normalidad frente a la vulnerabilidad que generan los cambios de política migratoria en la UE.

Contexto y análisis

La decisión de la Comisión Europea de abandonar el programa de asilo impulsado por el gobierno de Pedro Sánchez supone el cierre de una etapa que, desde 2015, había marcado la respuesta colectiva de la UE frente a las crisis humanitarias. La foto de Aylan Kurdi, difundida a principios de ese año, había catalizado una oleada de solidaridad que llevó a la mayoría de los Estados miembros a elevar sus cuotas de reasignación y a flexibilizar los controles fronterizos, con la excepción de Hungría y Polonia. Ese impulso humanitario, sin embargo, se encontró pronto con una serie de choques sociopolíticos: la masiva afluencia de migrantes por la ruta de los Balcanes, los atentados terroristas de París (2015) y Bruselas (2016) que se vinculaban a flujos migratorios, y la ola de crímenes atribuidos a extranjeros en la Nochevieja de Colonia. Cada uno de esos episodios alimentó una percepción creciente de que la migración era un factor de inseguridad, lo que favoreció la aparición y consolidación de partidos de ultraderecha como la AfD en Alemania y reforzó la postura de gobiernos nacionalistas en Budapest y Varsovia. El giro actual hacia una política “disuasoria”, inspirada en la línea de la primera ministra italiana Giorgia Meloni, se produce en un contexto de presión interna y externa. La carta firmada por 22 organizaciones, que exigía un mayor control de las fronteras y la limitación de medidas que pudieran generar “efecto llamada”, refleja una demanda de seguridad que ha sido reforzada por los recientes ataques en Mannheim y Solingen, y por la estrategia de Bielorrusia de desviar a familias del Oriente Próximo hacia la UE. Al mismo tiempo, la excepción humanitaria de los refugiados ucranianos sigue vigente, lo que evidencia una doble lógica: la solidaridad se mantiene cuando el conflicto se percibe como cercano y claramente definido, mientras que la migración irregular se trata con mayor rigor. La medida deja a España como único representante nacional en Bruselas, lo que podría traducirse en una mayor influencia para el Gobierno de Sánchez en la negociación de futuros acuerdos, pero también en una exposición a críticas internas por la aparente pérdida de protagonismo en la política migratoria europea. Las implicaciones son varias. En primer lugar, los países que dependen de los mecanismos de reasignación de la UE podrían ver reducidos sus flujos de acogida, lo que obligará a replantear sus sistemas de integración y a reforzar los recursos destinados a la gestión de fronteras. En segundo lugar, la adopción de un enfoque más restrictivo podría alimentar la narrativa de partidos nacionalistas en varios Estados miembros, incrementando la polarización política y el riesgo de que la cuestión migratoria vuelva a ser un tema central en elecciones próximas. Por último, la divergencia entre la política de acogida de ucranianos y la nueva postura disuasoria podría generar tensiones dentro del bloque, obligando a la UE a justificar de forma consistente sus criterios de selectividad y a buscar mecanismos que eviten la fragmentación de su política exterior.

Análisis de la redacción de ChatAmigos.

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