España debe recordar sus anclajes históricos para no reinventarse en política exterior

España sostiene que la política exterior no requiere una reinvención cada legislatura, sino la recuperación de una memoria diplomática centenaria. El texto subraya que, frente a Marruecos, el país debe evitar dos errores: demonizarlo y subestimarlo. El argumento parte de la premisa de que la acción exterior de un Estado no se basa en opiniones puntuales, sino en la ordenación de prioridades dentro de cauces de continuidad. Los gobiernos y mayorías parlamentarias cambian, pero los intereses nacionales evolucionan con lentitud. Por eso, la innovación resulta fructífera sólo cuando se apoya en la memoria histórica. España cuenta con una de las memorias diplomáticas más extensas y ricas del mundo, una trayectoria inseparable de la formación del mundo moderno desde finales del siglo XV. Tres “anclajes” estructuran esa memoria: el Mediterráneo, la Europa continental y la dimensión ultramarina. El primero se impone por la geografía que sitúa el estrecho y el norte de África como foco ineludible. El segundo define el equilibrio estratégico del país y su contribución a la consolidación de Occidente. El tercero, la proyección ultramarina, no surge como una consecuencia inevitable de condiciones materiales, sino como la cristalización de una voluntad de proyectarse más allá del horizonte inmediato, expresando el genio que hizo de España uno de los protagonistas de la primera globalización. Desde la creación en noviembre de 1714 de la Primera Secretaría de Estado y del Despacho –predecesora del actual Ministerio de Asuntos Exteriores–, España no estaba inventando una política internacional, sino institucionalizando una experiencia diplomática acumulada durante más de dos siglos. Ese legado muestra que, aunque cambien circunstancias, alianzas, instrumentos de poder y amenazas, el imperativo de pensar la acción exterior desde esos tres anclajes persiste. En la actualidad, muchos textos doctrinales buscan reinventar el papel internacional de España, proyectándola como “nodo”, “puente” o actor de perfil innovador. Sin embargo, la pieza sostiene que la política global más eficaz rara vez es inédita; suele ser la más constante. La misión de la diplomacia española no es particularizar a un Gobierno, sino defender los intereses constantes de la nación, conservando la orientación cuando el paisaje internacional se transforma. En ese sentido, la memoria histórica y los anclajes geográficos siguen siendo la guía esencial para la política exterior española.